Educar desde el Corazón

Educar desde el Corazón.

Vayan y digan lo que han visto y oído.
Mateo: 11, 4.

En estos tiempos de modernidad donde las reformas estructurales están sacrificando la vida de pueblos del campo y la ciudad, todavía hay quienes respiran ilusión desde abajo, desde la gente que lucha por la gente. Desde ahí, un grupo de maestras y  maestros, como tantas y tantos que diariamente, hombro con hombro, acompañados desde hace varios lustros por hermanos Maristas, siguen alimentando la esperanza en las y los jóvenes de las comunidades originarias del estado de Oaxaca.

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En la primera semana de este 2017, venidos desde la Costa Chica hasta la Sierra Sur, la Mixteca y el Istmo oaxaqueño, se dieron cita para retroalimentar su preparación académica, para fortalecer alma y corazón. Como otras veces, el Bachillerato Asunción Ixtaltepec, los arropó, ellas y ellos hicieron  de este espacio un lugar privilegiado para compartir sus experiencias. El espíritu del proyecto educativo me hace recordar a Manuel Villareal (†) un Marista con sensibilidad y entereza como pocos, con una energía y una capacidad de escucha que subyugaba y atraía a los jóvenes estudiantes y profesores.

Las extensiones llevan más de veinte años acompañando y descubriéndose en los procesos de la formación comunitaria. Yo mismo he contribuido y aportado a este proyecto, de ahí la libertad y sentido crítico que ahora expreso. Supongo, los hermanos Maristas que los arropan en sus esfuerzos por llevar una vida digna, deben de sentirse retados y orgullosos  al convocar a jóvenes de geografías lejanas que cargan en sus hombros la responsabilidad de generar vida en las extensiones Maristas, que dejan casa, familia, afectos y sólo Dios sabe qué más para hacer vivible su praxis, abrigados por las comunidades, aportan para enriquecer los proyectos desde su visión externa, por otro lado, muchachas y muchachos que primero fueron alumnos y que ahora apuestan a la educación para y por el deseo de servir a su comunidad, sin duda, todas y todos aprendieron y aprehendieron desde las generaciones de sus abuelas y abuelos a mirar y sentir su origen desde la tierra, viento, agua y fuego, ahora construyen los conocimientos desde el arte de la educación, el contexto que habitan desde un futuro incierto pero alimentado de esperanza, desde la formación comunitaria, de igual manera, partir de los aciertos y contradicciones que implica trabajar en equipo y lo más fundamental: desde y para los más empobrecidos, para cimentar las bases de una nueva sociedad. Para nosotros los que hemos consagrado nuestra existencia a la iglesia y hemos proclamado a los cuatro vientos una opción de vida: ellas y ellos son un ejemplo viviente, ojalá que la Tonantzin siga impulsando su vocación de servicio y a nosotros nos haga humildes para reconocer su trabajo y ofrecer digno refugio a sus esfuerzos cotidianos.

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Para concluir esa semana de aprendizaje, celebramos una acción de gracias, mis compañeros presbíteros, fuimos llegando uno por uno: Franz, fundador de Unión de Comunidades  Indígenas de la Región del Istmo (UCIRI) y amigo desde hace tantos años,  Leo, impulsor del trabajo organizado que constituyen las Comunidades Campesinas en Camino (CCC) y ahora responsable de una de las parroquias de  Salina Cruz, y Pablo Andrés, que desde su juventud ha adoptado el Istmo en su corazón y ahora atiende una de las parroquias en Juchitán.  Tuvimos una concelebración significativa, las y los jóvenes docentes presentaron sus reflexiones, sus ofrendas y peticiones al Dios que es Padre y Madre, se agradeció su vocación de servicio, sus ganas de resignificar el papel de la escuela y el concepto de lo comunitario, ellas y ellos, que son la esperanza y la riqueza de nuestros pueblos, moniciones en la voz de unos cuantos que reunían el corazón de todas y todos, palabras que hacían eco en mi espíritu mientras los escuchaba. Les confieso: Siguen latiendo aún.

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Maestras y maestros comunitarios: ustedes reivindican mi condición de hombre peregrino caminante de este suelo istmeño y discípulo de aquel que amó primero, Jesús, el hijo de María. Mi agradecimiento por su labor, por su alegría, por su esfuerzo y su dedicación, por no quedarse inmóviles ante el dolor que sufren nuestros hermanos. Siempre estarán en mi pensamiento y en mis oraciones, seguiré dando gracias a nuestra buena madre Tonantzin  por la certeza de que sus pies y su corazón los lleven al encuentro con la gente.

Ojalá nosotros tengamos fortaleza para seguirlos.

 

Fraternalmente  

Arturo Lona Reyes
Obispo Emérito de la Diócesis de Tehuantepec.
Presidente del Centro de Derechos Humanos “Tepeyac” del Istmo de Tehuantepec, A.C.

19 de Enero de2017.

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