Por quién doblan las campanas.

“Por quién doblan las campanas”

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¿Quién no echa una mirada al sol cuando atardece?

Tehuantepec, sábado ocho de abril, la caravana que da resguardo a una campana emprende el camino, guiados por el padre Arturo y la autoridad comunitaria. La presa de Jalapa del Marqués se hace visible justo por su falta de agua, a pesar de la sequía el paisaje acompaña la mirada sobre los campos de maguey, las jacarandas y bugambilias que sobreviven bajo el inclemente sol y acampan a ambos lados de la carretera para dar refugio a los viajeros y su tregua al camino, campo atardecido de reflejos. El camino que se recorre desde la cuna de la inmortal Sandunga hasta la comunidad “Llano Santiago” está situado sobre la sinuosa carretera que media entre el Istmo y Oaxaca, luego una desviación apenas visible en el camino, un letrero indica: Santiago Vargas.

¿Quién quita sus ojos del cometa cuando estalla?

Cuarenta minutos de navegar sobre las piedras rodeados por la agreste espesura del bosque ávido de lluvia. El camino sube casi sobre las nubes para luego bajar en despoblado. A lo lejos se dibujan tímidas las casas de adobe y teja, ideales para refrescar el bochorno de la tarde. Los surcos en la tierra dan cuenta de la lucha, la falta de agua amaina pero no quiebra el verde espíritu de la naturaleza ni de la gente que vive de lo que siembra. El caldito de pollo que ofrece la familia del agente de la comunidad nos regala fuerzas y nos da la certeza: entre los empobrecidos encuentra uno las mayores expresiones de gratitud, no dan de lo que sobra, siempre entregan lo que tienen sin titubear.

¿Quién no presta oídos a una campana cuando por algún hecho tañe?

Minutos antes de las seis el primer repicar de la campana despide la tarde, el Obispo Emérito, caminante de los pueblos, hace sonar los trescientos kilos de bronce que cimbran los corazones de las y los habitantes de Santiago Vargas. La alegría se hace presente en todas y en todos, la promesa hecha por el padre se ha cristalizado en el intenso tañer. “Ahora sí tenemos campana que avise de la necesidad de estar juntos en tiempos de fiesta, de alerta en los tiempos aciagos y gratitud a la madre tierra por las cosechas”, se comparten las voces entre la multitud.

¿Quién puede desoír esa campana cuya música lo traslada fuera de este mundo?

Domingo de ramos. A las diez de la mañana tres repiques congregan a la comunidad, junto al arroyo se celebra la palabra; el padre Obispo agradece la presencia de todas y todos y expresa su alegría por estar presente en esta fecha significativa en la comunidad que sabe y encuentra en la figura de este hombre de más de noventa años la respuesta a sus preguntas. Se bendicen las palmas y se encaminan los pasos de la peregrinación hacia la capilla, encabezados por el padre, niñas y niños entonan cánticos y elevan sus ramos, la fe se manifiesta entre la gente, entre las voces que repiten con fervor: ¡Viva, viva Cristo Rey!. En la eucaristía, se expresa la frescura y creatividad de la homilía, el padre oficia a la par de quienes lo atienden, los mira a los ojos, les habla desde la mística del corazón, los que oyen, saben, tienen la certeza, el compromiso de la fe es con ellos, con la gente que sabe amar y se saben correspondidos, las mujeres sonríen cuando les dice: “siéntanse afortunadas porque ustedes son especiales para el Señor, una mujer fue la primera en ver a Cristo resucitado, así que sépanse especiales, mujeres”. Después de la misa, ¡la bendición de la campana!, el padre Obispo hace algo inusitado -una hilera de niñas y niños- y cada uno pasa con alegría a repicar la campana con todas sus fuerzas. Para el mediodía la celebración del pueblo, tamalitos de frijol y agua de horchata para el calor; de postre, los mangos que el Obispo ha llevado para compartir.

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Ningún hombre es una isla entera por sí mismo.

Santiago Vargas es una comunidad pequeña, formalmente organizada a partir de mil novecientos ochenta, se dedican principalmente al cultivo del maguey y de hortalizas que comercializan en las comunidades cercanas. Sus habitantes eran jornaleros que trabajaban las tierras que pertenecían a caciques locales y que gracias a la ayuda y orientación del padre Obispo, pudieron adquirir a sus propietarios para convertirlos en tierra comunal que ahora comparten para la siembra. En este tiempo, a pesar de la sequía, riegan sus cultivos con la adecuación del terreno que construyeron (técnicas de captación de agua) esperan que el temporal no tarde, porque el agua está por escasear. Las mujeres y los hombres de esta comunidad son personas sencillas comprometidas con su trabajo, han construido la mayoría de la infraestructura de la comunidad con su esfuerzo propio y con el acompañamiento del Centro de Derechos Humanos Tepeyac.

Ninguna persona es una isla, la muerte de cualquiera me afecta, porque me encuentro unido a toda la humanidad; por eso, nunca preguntes por quién doblan las campanas; doblan por ti.[1]

Este jueves y viernes Santo, el Obispo Emérito Arturo Lona Reyes siguió compartiendo con la gente de Santiago Vargas el pan ácimo y la fe en que los rituales que alimentan el espíritu también forman parte vital de las comunidades que replican con convicción verdadera sus expresiones místicas. Es así como se viven estos días de fe dentro de los pueblos originarios, donde los espacios están formados de tal manera que el trabajo recae en condición horizontal sobre los habitantes que comparten labores que fortalecen sus lazos, desde los servicios comunitarios hasta las mayordomías. De esta manera, además del trabajo, comparten y hacen suyos los símbolos de la fe cristiana a través de personas como el padre Arturo, que ha hecho una opción radical desde el contexto social y su vocación consagrada, misión inequívoca de hacer presente las semillas del verbo entre los más nobles de corazón, su espíritu peregrino camina aun por los senderos inexplorados donde la fe encuentra en la vivencia comunitaria el remanso que fortalece sus energías para continuar sus pasos. Estamos seguros, que cuando sus pasos trasciendan más allá de este suelo istmeño, las campanas seguirán tañendo por él, no sólo en Santiago Vargas, sino en todos los territorios por donde se ha hecho presente su caminar.

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Abril del 2017. Semana Santa en la comunidad de Santiago Vargas.

Narrativa: Astrid Paola Chavelas López.[2]


1Fragmentos de la traducción del poema No man is an island, de John Donne.
2 Maestra del Bachillerato Comunitario Quiechapa. Sierra Sur, Oaxaca.

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