A cuatro meses del sismo 7s: Lo que fue, lo que ya no será.

A cuatro meses
ellas, ellos nadan entre las entrañas de las dunas
comen a intemperie, juegan a intemperie.

La flauta de carrizo ha cesado su canto místico. Lo sabíamos: no se escuchó por un tiempo el canto del cenzontle, el susurro del caparazón de tortuga dejó su eco en los espacios habitables, qué decir de la guitarra y las voces que acariciaban los mangles que agonizan en espera de las lluvias. Cada instante que pasa es una pregunta, cada instante de partida es un momento de llegada, cada mirada nos remite al ayer. Lo que fue. Lo que ya no será.

familia

Cuatro ciclos de lunas han pasado desde el siete de septiembre, cuatro meses en que la comunidad de San Mateo del Mar, retoma de a poco sus actividades centrales. Saben, no pueden detenerse mucho, pues las carencias apremian y se hace necesario volver la vista al cielo  y sobreponerse. Sin embargo, el camino que aún falta por recorrer no es sencillo.

Desde hace cuatro meses, todavía hay familias completas viviendo a intemperie, acampan junto a las lagunas, junto a las avenidas, contiguos a los montones de escombro que aún pueblan las calles, mujeres, niños y ancianos expuestos a las ráfagas de viento que azotan con furia inusitada las endebles casas de campaña y que levantan en polvareda la tierra que se cuela por todas las esquinas de sus cuerpos.

En este nuevo escenario plagado de contrastes, se ha observado que las necesidades van cambiando, si bien se ha apelado por la reconstrucción de las viviendas desde una perspectiva ajustada a los tiempos y formas de la comunidad, se sabe que hay situaciones apremiantes que hay que zanjar. Desde el inicio de la emergencia se ha observado omisión tras omisión en el actuar institucional, es innegable la presión que ha ejercido a pesar de que no hay mano de obra disponible debido a la demanda, que las casas de materiales en total impunidad, imponen precios desfasados, que hay escases de materia prima para la construcción, el Estado insiste con su exigencia de “reconstrucción exprés”, que quizá tiene como finalidad justificar y cuadrar los gastos en el presupuesto institucional, que hasta la fecha no ha dado cuenta de la utilización de los más de tres mil millones de pesos que recibió en donaciones tras el sismo.

De la mano de Instituciones como el ITESO y organizaciones no gubernamentales como el Cdh-Tepeyac AC. y la sociedad civil, que de manera espontánea nutren la solidaridad y se hacen presente en la localidad, el proceso de reconstrucción ha ido tomando forma. Un paso fundamental dentro de este camino ha sido el estudio de resistencia de suelo realizado por la universidad jesuita, a partir de la exploración de catorce puntos diseminados dentro de la comunidad para observar cómo se ha comportado durante el sismo la tierra en San Mateo del Mar, han manifestado: “lo que importa son las personas que viven en la casa, para que tengan la mayor seguridad posible, la casa se hace de las personas que viven ahí, queremos que construyan de acuerdo a la identidad y la cultura Ikoots”

Hendidura de sombras

Después del sismo y de la mediatización de las condiciones de vida de la comunidad, varios organismos civiles se dieron a la tarea de llegar hasta la comunidad para brindar apoyo. Desde diversas áreas de organización se ha podido canalizar víveres y servicios como baños emergentes, instalación de filtros para agua, construcción de vivienda tradicional y atención psicosocial. Es la misma gente la que tiene la medida de las cosas y comparte su visión, se hacen escuchar las voces dentro de la comunidad, manifestaciones que dicen que hay que construir de manera distinta, que muchos no están pensando en una vivienda tradicional, pero que saben que los materiales de la región son la respuesta a las interrogantes que se plantean en las propuestas locales y externas. El uso de los materiales de la región es una certeza, retomar las técnicas de construcción de nuestros antepasados que saben que el carrizo, la palma, la madera y la tierra, son materiales que armonizan y que no son agresivos con el entorno, además de que rompen con los ciclos de consumo del Capital. Se ha hecho hincapié en la necesidad de utilizar los materiales de la región, no sólo por la facilidad para conseguirlos, sino porque resignificar ante la comunidad la importancia de estos materiales, desde el aspecto cultural, reivindica que la vivienda digna, no es aquella que se construye con concreto desde un modelo externo, aunque hay personas que se sienten interpeladas por la modernidad, por esta lógica del cemento impulsada desde el Capital, que, auspiciada por el Estado favorecedor de la industria, rompe con sus dinámicas culturales.

Estos procesos invasivos atentan con sus formas de vida y de organización, por lo que dentro de la comunidad han optado por una manera digna de reconstruirse y reorganizarse, de ahí, ha surgido la iniciativa que da origen al Comité de Reconstrucción para una vivienda digna, que integra a hombres y mujeres de la comunidad, que desde la organización comunitaria, han invertido hasta su tiempo de sueño pensando cómo hacer más efectivo el apoyo que se recibe principalmente de organizaciones civiles. Así, desde el Comité se coordinan las opciones de reconstrucción, el acompañamiento en la asistencia técnica, hasta los menos favorecidos, los más vulnerables que no tienen opciones para construir.

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Sabemos que el proceso de reconstrucción es lento y abarca varias etapas, que la fase constructiva ha empezado pero que será palpable en unos cuantos meses, dada la geografía mareña, la gente sabe que este tiempo no es propicio para construir, que hay que esperar que las lagunas de temporal se sequen y que el agua que brota al escarbar en la tierra, baje lo más posible para cimentar con relativa tranquilidad y eficacia; esto propicia  que se observan situaciones que se tienen que salvar, el clima, en este sentido es determinante, por lo que se ha visto la necesidad de presentar a la gente alternativas temporales para refugiarse de los elementos climáticos, por lo que el proceso de reconstrucción de viviendas se alterna con el de refugios temporales, que ofrecen un espacio digno que resguarde durante este tiempo a las familias en situación crítica, en este proceso de reconstrucción, las señoras se encargan de elaborar los alimentos que se comparten durante los breves recesos que se disponen, los jóvenes y los niños apoyan en lo que pueden, y van aprendiendo que la organización es una de las maneras que tiene su comunidad de salir adelante; ahora pueden resguardarse del viento helado que azota por las madrugadas a la comunidad de San Mateo del Mar.

La solidaridad, tan necesaria entonces –y aun ahora- ha tomado forma dentro de los espacios inesperados, y han sido en estos tiempos de incertidumbre, las cocinas comunitarias las que han dado certeza ante las múltiples omisiones institucionales que se han registrado de cuatro meses a la fecha dentro de la comunidad. Así, hombres y principalmente mujeres, organizados, que, ante el empeño de repartir despensas mínimas, tanto de instituciones como de algunos particulares, apostaron por el trabajo en colectivo, y por su comunidad, vieron y volvieron esos espacios diarios, centros de organización, donde el tequio, la colaboración en conjunto, la comida en común, se volvió una manera de recuperar poco a poco los hilos de su cotidianidad y de dar respuesta a las necesidad de las familias que a partir del sismo se quedaron sin prácticamente nada, además de ofrecer alimento a las diversas brigadas que llegaron a prestar su apoyo. Sabemos que estos espacios que han respondido a la emergencia, han cumplido ciclos que son propios de su conformación, ahora que la mayoría de la ayuda humanitaria se ha detenido, que la gente ha retomado poco a poco sus actividades habituales de ir a la pesca, ir al mercado, de volver a mercar sus productos, las cocinas se han vuelto una experiencia que por supuesto se hará necesario recapitular de manera más precisa en algún momento.

            A cuatro meses, ellas, ellos que nadan entre las entrañas de las dunas, que comen a intemperie, juegan a intemperie, que sueñan a cielo abierto, emergen de la legendaria laguna sagrada con su canasto a cuestas, con la jaiba, el pescado y el camarón danzando entre sus redes, saben que es tiempo de volver a mojar sus pies en el agua salina y cada día ensayan una sonrisa con sabor a esperanza.

Centro de Derechos Humanos Tepeyac del Istmo de Tehuantepec A. C.

Los primeros días de enero.